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Doña Tula,
como buena suegra que se precie
de serlo, es capaz de las mayores crueldades con el infeliz de
su yerno, el pobre Clotildo. Mucho debía querer Clotildo a su
esposa Filomena para aguantar en casa a semejante monstruo, que
se jactaba de no permitirle fumar ni ir al fútbol, o de echarle
polvos matarratas en la comida. Y que lo mismo le mandaba a
lavar los platos que le partía la cabeza con una buena
cachiporra. Doña Tula encarna a la perfección a esa suegra de
toda la vida que considera que cualquier palomo que se acerque a
su hijita es un canalla y un desgraciado en potencia, y que la
mejor medicina para un hombre es el jarabe de palo.
Cierto es que suegras como éstas, ya quedan pocas. Aunque nos
hubiera gustado conocer a la suegra de Escobar, el genial
creador de Dª Tula. Quizás la buena señora no se tomó muy a bien
las historias de dicho personaje y esa historia de que tuvo que
defuncionarla por órdenes de la censura sólo fuera una excusa
para no tener que confesar a los amiguetes la férrea dictadura a
la que le sometía, como a todo hijo de vecino, su suegra.
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