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Rosauro, el terrible retoño, vástago de
Eloísa y Abelardo
(los primeros inquilinos de doña Tomasa a quienes conocemos),
dotado de una dentadura formidable (producto de haberse criado en
Alicante, a base de turrón), es un desastre natural capaz de reducir a
cenizas los más disparatados objetos, a cual de mayor dureza. Es la
estrella de la mayor parte de los episodios de la serie. Sus hazañas no
tienen fin: desarma a los cacos en diversas historietas, afeita a los
toros, cuando asiste a una corrida (DDT 438, 5 de octubre de 1959); en
la aventura playera del Extra de Verano de 1961, deja reducido a la
raspa al tiburón que comete la temeridad de atacarle. También reduce a
un fino polvillo las pesas de un forzudo de circo, deja sin manivela a
unos organilleros pelmazos o hace enmudecer las campanas de una iglesia
con la sola ayuda de sus dientes. Su fama se extiende más allá de las
fronteras y en la historieta del número 445 (23 de noviembre de 1959),
unos gendarmes franceses devuelven a España doña Tomasa, doña Eloísa y
al propio Rosauro (que estaban disfrutando el premio de un concurso de
una marca de sopas consistente en un viaje a la ciudad del Sena) para
proteger la integridad de la Torre Eiffel. Emparentado lejanamente con
Cocoliso, tuvo algunos primos cercanos en los bebés vazqueños: el de la
familia Churumbel, que afanaba encaramado a la espalda de su madre, o el
más afamado Angelito. Sus proezas dentales siembran el estupor y sus
incisivos asolan las viñetas royéndolo todo a su paso. Él es el
responsable de la mayoría de las resoluciones de las historietas de la
serie, con intervenciones decisivas, en los cinco años de su andadura |